miércoles, 28 de noviembre de 2012

Tetrástrofo de epitafios de la antinomia existencial


Fractales descomprimidos por la magnificencia del ulterior apego del sufragio antagónico del malestar avícola, donde el estereotipo del contiguo artífice de la necesidad pragmática y vital donde el refugio del etéreo amor... subyace la delirante sensatez preponderante y tripula el viaje cual montaña rusa funde sus ruedas ansiosas en los impávidos rieles... Subidas y bajadas hacia el más alla, donde terminan los rincones más oscuros y un vertice de luz al final indica un camino de salida... De nada vale reflejarse en las tinieblas si hay un fin eterno que difama destellos luminosos, el eco infinito de un tiempo espiralado que fluye diáfono y envuelve el alma hasta fundirla en el ser suficientemente etéreo cual arcilla moldeada en el mar de la nada... Esgrimiendo razones conyunturales de la cascada épica, de un incipiente regodeo de la sintaxis presocráticas, anudada en un estigma del crucero del placer nomenclador... Tahúres ancestrales atareados, amantes tanto del trajín como del vino no manifestado, mitigan el caos generando puertos donde el perpetuo fulgor es libado.
Nulidad absoluta, blanco incólumne, superficies planas, dibujadas por doquier, tábulas rasas sin recetas por advenir, eyaculaciones múltiples con sentido. Una encrucijada individual, donde el destello de un perplejo amorío subyuga las más cuantiosas animosidades espúreas, en un círuclo de romanticismo pleno y platónico. Hacia el final de este trémulo camino se cruzarán los tahúres ancestrales y se conducirán hasta los destellos de luz, guías espirituales al más allá. Prendidos como faro de jardín en la noche, vigilan la rosa mutante atemporal.

(Hiperconectividad atemporal, junto a Julieta, Agustín y Marcela, de un psicodrama eventual y magnificiente cuyos hilos de plata fueron manejados a la perfección por su creadora Emilce)

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