jueves, 21 de febrero de 2013

Displicencia continuada y social

Armose de una letanía austral, para arrepentirse de sus caprichos decoros, en obituarios carentes de moral y ciénagas representativas de estelas candentes en lúgubres pendientes para comparecer raíces agnósticas y pedófilas inversas, donde avezados paranóicos interfieren en seres gasnápidos que aclaman poder de ultramar en cónicas, obnubiladas de placer, aunque ciertamente sus orgasmos son demasiado lentos, poco frecuentes y pasionales. Porque si un leñador paranóico puede reconvertir perejiles en unilaterales talones de pago, proveedores de atolones con homestasis, suminsitrando vidrios esmerilados en tiendas de regalos de chocolates fastuosos, repudiando mosquitos de dos agujas en las puestas del Sol nocturno en vacaciones sin dinero aglutinado, que espera por una reivindicación atmosférica, suculenta que advierte que son dos emblemas amorosos.

domingo, 10 de febrero de 2013

Eudaimonia simplista y adictiva

En el núcleo subjetivo de las vidas ajenas, propongo que mi mirada mental no se una mera interpolación sin sentido e inconexa, como interpelación propia de un respiro abdominal, cuya empatía genera el respeto por una singularidad neural en donde mi triángulo amatorio, como una de pautas neuronales donde las relaciones florecen,  es una facilidad indisoluble, una casta variable, simplista y a veces elitista. Promediando así, las contingencias que generan la electricidad amatoria, probablemente como un premio sin estatuilla, sino un libro de física cuántica, donde la zozobra es vasta y esconde las ideas de un rostro prometedor de ilusorias ramificaciones de pelos borders, como si nuestro piloto automático se amplificara para objetivar las cordiales llamas del amor y así, caer al plano de la transformación, como una mezcla cerebral en una serranía quebradiza, escondedora y ciegamente artista, como la coordinación de los brazos en una batería sin baquetas, sino con horquetas, aunque no se maten pajaritos con ella, es la solución a la disolución del anfitrión confuso, pero sin la integración del sueño incólumne, una necesidad apoteótica, escasamente pendular, como el sonido del Xilofón en un grado sacrilegioso, permanente estado de retórica y nostalgia sin pasado. En una armonía receptiva e intuitva casi el estado de flexibilidad tranquilizadora. Como si fuera una eudaimonia, mi ecuanimidad es el equilibrio sustentable de mis hechos más irrespetuosos pero que, sin embrago, afloja la espontaneidad machista y se ancla en un espacio empírico para la responsabilidad de un despertar vivaz, elocuente y fuertemente alegre. Una gran virtud que solamente es creada por la disponibilad creativa y tolerante.