jueves, 18 de julio de 2013

Evitando el ojeo envidioso de Cíclope

Surrealistas de un inframundo asediado por la no-razón de razonar sin argumentos genéricos y no idealistas como la comparación estibada de una afirmación pretenciosa y expectante, en un asiduo aspecto ilusorio de la fomentación hacia un pensamiento doblegado, mutilado y exacerbado por la alteración narcisita de un ego poco habilidoso en sus habilidades antisociales, la unión imperfecta de la negación y el samaritaje, producto de la inefable felicidad por alcanzar el estándar de la nada misma, haciendo jaspear al mismísimo Universo que no se ufana de promulgar el eterno raciocionio que fabrica un templado sabor a victoria errática, casi apasionadamente, con un objetivo que repasa  la claridad irreal de un consenso múltiple de Seres parsimoniosos como un elegante conjunto de reciprocidades intrínsecas, el ideal para la contínua expresión del clamor maravilloso. Aplicando así, la protección idónea contra el ojeo del Cíclope debido a su envidia envidiable de ojos envidiosos, que se reabsorve como una crema de ordeñe de vaca marina, preparando el hedor metálico de esta sustancia tan irreverente, es el somero acto de pactar contra una corriente clasista que enfrenta un porvenir descontracturado y el empeño en reconstruir la imaginación fluvial, un deslizamiento acuático sin freno, parodia del significante que se remueve sin dolor. Este es el próximo ritual de exagerar una defensa sin argumentos casi como un arrastre de un lastre amargo, que se reconvierte  en un austero dolor, cuando se exime de una potencia positiva para disfrutar el alegre mundo de naturalizar la primavera de la confianza épica hacia el conocimiento exponencial, un sustituto gramillón que acolcha el cuerpo urbano y la ilusión de agrandar un calor casi erradicador de un fundamento frío.
Así, el pantano del amor se manifiesta como un suelo duro, rígido que sostiene al Universo prístino.



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