viernes, 14 de febrero de 2014

El observador del desparpajo imprudente




Las glorias del desparpajo que genera un corazón a punto de llorar, emplea la culpa como necesidad autosustentable para estigmatizar la decencia de enfrentar hechos poco fortuitos como una sensación de caridad que otorga la valoración del Ser, sin que la propia erificación monumental de deidad expele la comprensión del zigzagueante camino de vuelta a la comprensión de fábulas amorosas y así muchas analogías son menesteres para la apropiación individual del monoteísmo del amor, preferentemente en pos del cuantioso y desatendido valor natural de expresar el enojo del destino desinflado, cuando el enojo es como un ensueño desdichado pero puede rebotar hacia arriba como una pelota de goma y golpear en la cara del que se cruce, así estaría sórdidamente acompañado y su figura es como el castillo de naipes pero como si la asimetría es más buscada en el sentido del microcosmos de nuestros átomos. Aparte de generar el zarcillo que lo sostenga para no proteger infernales diástoles, en un sigilo de preseparación que anhela la lentitud de consensuar unos dignos y meritorio zanjones en el corazón y subsidiar el eterno razocinio de especular con la validez mental que surge como parte de la aniquilación momentánea de la luz y estorbar para reclamar derechos por la sucesión del genoma que no se explica como un gran dadaísmo sino con un expresionismo puro y fulgurante.

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